domingo, octubre 04, 2009

FLAGELOS

B) Las hormigas
Entre atardeceres Eva fue transformada. Los senos se levantaron tímidos; el viento intruso los despertó. Creció hierba bajo su vientre; ella se volvió un bosque. La serpiente anidó en su cintura; ahí su trazo curvo y violento. Y los muslos telúricos. No es más una niña: tiene busto, vello y caderas. Eva entiende que es un monstruo: opuesta, terrible y sin nada insinuado. Caminó encogida y vistió un suéter suelto. Con gotas de menta ocultó ese olor más adulto. No era sensato exhibirse en su primer día de secundaria.
Mas qué entrada escandalosa. El primero C del turno matutino es sensato, adiestrado, un discreto comienzo, y Eva impuntual tocó la puerta e interrumpió su silencio. La ronquera del maestro sentenció: “Primera y última”. Ella corrió a su asiento, bajó la mirada y columpió los pies. Su balanceo respondió: “No vuelve a ocurrir”, y se fijaron en ella. Tanta Eva en una pesadilla (expuesta caminando desnuda, descubierta y sofocada). La veían como a un monstruo: con arrogancia y censura. Los murmullos y las risas encerradas.
Regresó con el suéter en la cintura y sin calcetas; ocultó y desvistió, que nada se advirtiera muy entallado. Luciendo así lo sedujo. Sucedió un encuentro en el autobús. Ella bajaba y él subía. Ella le pisó el zapato y él no se quejó. Por cortesía ella le pidió una disculpa, por interés él la aceptó. Generosa le dio su nombre y él lo guardó para repetirlo.
De su breve encuentro con A…d…á…n (lo recuerda vaporoso y fragmentado) sólo retiene sus efectos: ella incitó su deseo, él su miedo. Eva le abrió los labios y le pausó el cuerpo. Le robó la voz y su tiempo; le hizo un espacio infinito; lo trajo a un jardín de hierbabuena. Adán entendió que no era un monstruo: paradisíaca, obra modelada con barro divino. Él tartamudeó su nombre y aunque la hizo sonreír, Eva no pudo sortear el malestar.
La veía como una hormiga bajo una lupa. Era gigante en aquella mirada; tanta Eva colmándolo. ―Lo abrumo ― se convenció y le dijo ―Adiós―. Adán ingenuo pronunció ―Hasta luego ―. Adán se quedó. Eva salió del autobús. Todavía se siente aliviada. Eva y Adán, un deseo malogrado.
Llega decaída hasta este terrenal. Eva no quiere convocar más navegantes. Si fuera como este suelo (inadvertido, llano y estéril) la pasarían de largo. Eva invisible, un faro apagado. Resuelve cubrirse de polvo para ser como esa tierra relegada, sin altos ni bajos relieves, deshabitada. Oculta no reúne más Adanes, pero sí una hilera de hormigas. Tiene su atención; las ha seducido. Se acercan invitadas por su olor; se hartarán de menta.
Ellas conocen la estrategia; fueron forjadas por el espíritu del hormiguero: el dominio. Avanzan con paso marcial. Eva es selva y graban sus huellas. La disciplinan; doman sus muslos telúricos. La asaltan; embisten a la serpiente en su cintura. La castigan; devastan su bosque. La conquistan; le invaden los senos; se demoran oliendo su perfume; les quitan la savia; los desflorecen. La transforman, la convierten otra vez en una niña.
Eva las ve satisfecha; es tan pequeña en esas miradas. Las hormigas continúan su marcha y desfilan por su brazo. Burlada supone que van hacia su boca para agradecerles el acto de cambiarla, pero su cuello será el camino y su oído, el escondite. Creerá que están jugando. No adivinará que se enfilan hacia el nuevo hormiguero que será Eva, habitada Eva.

viernes, julio 10, 2009

FLAGELOS

Modelos para olvidar

Adán, se ave, Eva es nada. (J.J Arreola,Palíndroma)

A) Goma

Adán no pretende susurrar, cantar o vitorear la palabra. Sólo escribirla. Las letras de AMOR, ordenadas o en anarquía, se leen sonoras. Dos consonantes y dos vocales en perfecto equilibrio. Un sustantivo que se balbucea, se arroja sin pensarse o se ahoga. Él lo anotará. En las líneas el lápiz será refinado; en los contornos, recio. No tiene más motivo que confesarse. Será una escritura fugaz como dejada sobre la arena; se la llevará la goma en vez del viento.
Él es tímido y prefiere los secretos. Sentado en el pupitre se echa sobre la hoja; le construye un escondite. No es sensato mostrarla en su primer día de secundaria. Se imagina la burla o peor la lástima. Podrán apodarlo El Ermitaño, pero él en silencio ocultará su mensaje. Que sea efímero y frágil, nada muy revelador. Entre el bullicio, apenas será oído.
Las risas ensordecen; los niños se inventan nuevos saludos; las niñas se elogian los brillos, y la maestra es apenas una vocecita timorata. Los hay que abren el libro y esos que comen con disimulo. No falta quien toca a la puerta o el refugiado en el patio. Flotan toda clase de objetos: una guerra entre aviones de papel y disparos de plastilina. Siempre hay quien se los quita del cabello (ellas muy indignadas, ellos muy discretos) y ése que ve al pizarrón buscándose un escape. El primero C del turno vespertino es un caos, un festejo, un comienzo.
Adán se ve como un forastero. Su celebración está en aquella hoja. Así que los ignora y se ocupa de la O. Dibuja un aro, la órbita que sigue un boomerang, siempre volviendo al inicio. Es una letra quimérica; todo podría guardar en su centro. Ahí, un vacío que grita: “Lléname”.
Con O Adán lo vio todo y jugó a las opciones: conocerla en la tienda de sombreros o con las estatuas de piedra, bajo una sombrilla o en la rueda de la fortuna; donde fuera, él la esperaría, puntual o a deshora, de vuelta o de ida. No imaginó que el encuentro sucedería en el autobús.
Adán no sabía si iba o venía. Él subía y ella bajaba. Ella le pisó el zapato y él no se quejó. Por cortesía ella le pidió una disculpa, por interés él la aceptó. Generosa le dio su nombre y él lo guardó para repetirlo: Eva.
Sujetó su imagen: Eva y la inocente abertura del dedo menor exhibiéndose en la zapatilla (sin calcetas dejó al desnudo lo que cubrían: un asomo de piel que lo sedujo). Eva y el suéter holgado pendiendo de su cintura (el follaje en la primera mujer). Eva y su olor a menta (es un jardín de hierbabuena, un paraíso). Eva y Adán, un deseo bien intencionado.
Él lo revive y se sonroja. Desde un rincón lo descubren. Aquellas tres se fijan en él, en sus coloradas mejillas, en su secreto. Cuchichean y sonríen. Adán deshecha la idea de ser admirado. Eso no es posible y está seguro que lo observan como a un mico enjaulado: con prepotencia y burla. Él las entretiene con sus monerías y ellas lo compadecen (“Es tan gracioso”), pero está equivocado. Una no. Aquella lo ha descifrado, aquella está hechizada. Adán se dice extinguido y da por sentado que lo juzgan tanto como Eva, o eso entendió.
Lo veía ridículo (risible su cuerpo, absurda su esperanza). Él no quería decir su nombre, pero lo obligó la cortesía. Tartamudeó y lo confesó desvanecido: A…d…á…n. Sospechó que no habría respuesta, pero Eva le sonrío. Él se convenció: tenía su afecto.
Adán lo recuerda y se ilumina. Aquella, la intrigada, le devuelve el gesto. Cree que la ve, pero él esconde la mirada y toma la goma.
O luce como una galleta y será desmoronada. La letra tiene miedo y tiembla en la hoja. Intenta rodar, pero el caucho borra sus bordes. Quiere morir y se abre aterrada. De la vocal que confinó al infinito no queda más. Desaparece todo el universo oculto en su centro, todas las posibilidades y la suerte de encontrarla. Adán sopla las migajas de O. La hoja queda desierta hasta que otra vocal la habita.
Prosigue con A. Conoció a Eva y por fin la letra tuvo sentido: la admitió, se adhirió, la amó. La letra que causó su anhelo es como una casa. Le dibuja paredes y un puente que las una. Ahí, en su fantasía, él vive. Sube al ático y baja al sótano; arriba vigila a los pájaros, abajo huele a lodo. Él vierte agua en los floreros y cuelga los espejos, enjabona los pisos y pinta un mural. Es un alcázar para Eva.
Aquella, la seducida, no lo ha dejado de ver. La dejó detenida y abre la boca a medias como dejando salir un saludo muy tímido. Él quizás lo acepte con suspicacia y dude. Para que esté seguro, aquella se quita el fleco y se muerda el labio inferior. Son señales y ojala él pueda leerlas, leerla. Adán no la entiende, sigue sin descifrarla y parece acorralado.
Es mejor encerrarse en la página. Ahí la goma ve la A de abatir y le abre grietas: tira el techo, los muros y los cimientos. Ya no hay primer ni segundo piso. Las aves se elevan; lodo y orquídeas se secan, y los cristales se rompen. El trágico altar derribado.
Levanta la hoja para ver las ruinas y tira el lápiz que se desvía hasta aquella. Adán va por él, pero aquella ansía su coalición. Lo recoge y se lo devuelve (tan de prisa que atrapa el aire). Él huye a la hoja y aquella regresa derrotada. Las otras la confortan y lo reprueban torciendo la boca. Él cree musitar “Lo siento”, y se entrega a la M del miedo.
Insiste en su temor: es y será rechazado. Aquella, la despreciada, correrá la misma suerte. Ni azar ni castigo, sino una regla, la aversión. Delinea a M como daga; será útil para matar el miedo. Que esta vez fallezca bajo el filo de la letra.
Adán lo juzgó vencido. Se envalentonó frente a Eva y pensó en una buena línea que engendrara un diálogo. Abrió la escotilla de los labios, y las palabras esperaron su despegue. Eva aguzó el oído, ahí habrían de aterrizar. La luz entró por el resquicio entre sus dientes. Casi se podía ojear lo que diría. Lo tenía escrito en la lengua pero canceló el vuelo. “Miedo”, se dijo, y cerró la boca.
Por fin terminará con él. Lo pone bajo el filo de M y la goma desciende por la letra hasta casi hundirla. Revienta la punta, se suspende la masacre. Muere la consonante, no su miedo.
Le queda la resignación y llega a esa última letra, la que se convierte en rugido. En él, un relámpago. Con R termina su amor e inicia la renuncia. Adán la convierte en palabra: recuerdo, y evoca el final del encuentro. Se lo aprendió de memoria:
― Adiós ― Eva le dijo e ingenuo él pronunció ― Hasta luego ―. Eva salió del autobús. Él se quedó. Todavía está en duelo.
Adán cae sobre la hoja, mientras aquella, la piadosa, se aproxima. Que no se de por vencida, que no tiene qué perder, la animan desde el rincón. Aquella desea llegar pero va despacio. “Sigue”, le sugieren, y Adán la siente cerca. Alza la cara y encogido borra la R, la letra y el sustantivo. La goma se desquicia, rasga el papel. Él lo arruga y lo oculta en la mochila. Quiere evitarse ese momento y busca el pizarrón para huir, pero aquella le toca el hombro y dice:
― Hola, ¿cómo te llamas?
No quisiera responder, mas por cortesía articuló: ―…i… n… b… e… es…d… n… ―. Aquella no entiende. Él tampoco. No puede expresar frase más común: “Mi nombre es Adán”. La oye, sí. Existe ahí, pero las letras no emergen. No hay A, M, O ni R. Su alfabeto está incompleto. “¿Qué hice?”, se pregunta. Saca y alisa la hoja. Quizás si las escribe se queden. No deben temer, jamás las borrará otra vez. En el fondo lo sabe. Se las quitó y no volverán. Lo dejaron mudo. Aquella, la comprensiva, piensa que es retraído. Así que con toda naturalidad lo suelta: ― Soy Lilith.

AMBROSIO*

Anticuados relojes del Curato cuyas pesas de cobre se retardaban, con intención pura, por aplazarme indefinidamente la primera amargura. (Ramón López Velarde, El minuto cobarde)
I
Atardece. El día se desteje. En el estanque cordones de luz flotan; unos, sueltos y libertinos se enredan en la punta de los árboles y los más aventurados tiñen las lápidas. Los pájaros gorjean fúnebres. Los rayos caen sin ánimo sobre Ambrosio. Él piensa que ocaso así debe ser compartido, pero está solo. Acompañó a cada viejo hasta el último soplo, los enterró bajo hojas secas y se despidió como lo hacen las ramas, meciéndose en silencio. Ambrosio levanta la mirada. Ese otoño, el de la ausencia, es obra de ese tiempo que le fue inevitable desear.
Desde su llegada y cada vez que vio a un anciano encovarse y perder los dientes, anheló ser torturado por el calendario: otra página suelta, otro daño. Vivía entre viejos y solía repasar lo que no poseía: aspiraba sus olores añejos, tocaba sus pieles cuarteadas, seguía sus andares lentos y medía sus pasos con el averiado reloj de bolsillo, buscando reunir la voz de los pies y del tiempo. Jamás lo consiguió. A la marcha la cortejaba un obstinado silencio.
Él creía oír su tictac; se repetía metódico y lento en su imaginación. Ambrosio se convenció, andaba, pero la máquina no volvió agitarse, quedó tan estropeada como él: de borrados ademanes; llano, sin declives ni pecas; del color de la cera; de escasa altura; su cabello, una pelusa pueril; de un vistazo, adormilado; nariz insignificante, y la boca sin rabia ni júbilo. Los años se cuidaron de no tocarlo y la edad nunca lo hirió. Ambrosio no fue niño y jamás sería viejo.
Quería atrapar al tiempo y llegó hasta ese lugar, deseando envejecer. Ser el mapa donde se graban las huellas del viajero. Ansiaba que días y noches le tallaran su pérdida. Ser más y más frágil: la piel de tela, los ojos grises y el pelo, un mechón que arranca el cepillo. Dispuesto a recibir esas dádivas se quedó y fingió vivir cada edad. Actuaba al irreverente o al sensato, al adolescente o al adulto.
Comenzó por imitar la osadía de los habitantes más jóvenes. Rendido a sus impulsos lo mismo se tiraba del acantilado que se tumbaba para ver la noche. Como ellos, solía arrojarse a los arbustos con ellas (¿Es esta tu cara?, ¿te paso los dedos?, ¿recorro tu cuello?). Ellas sonrojadas, él complacido. Se componían el vestido y él abotonaba su camisa; siempre una hierba que sacudir, un rasguño que tapar. Con el tiempo de abril, florecía el deseo.
Pronto el espontáneo brío fue suplantado por un aire solemne. Los jóvenes se hicieron adultos. Ambrosio se dominó y siguió la etiqueta. Fue puntual y obedeció la rutina: dejar la cama, afeitarse, salir del hogar, cumplir la faena, terminar con el silbato, regresar al hogar, apagar la lámpara, dormir. Si volvía aquel ímpetu se contentaba con ellas en veladas de vino y tocadiscos; una pieza lenta para bailar y tocarse, nada muy escandaloso, sólo giros cortos y pasos finos, rozando la espalda y sin apretar la cintura. El tiempo de julio alentó la mesura.
Ambrosio emuló cada edad, sus virtudes y vicios. Anheló lo que vendría, pero el último trayecto le estaba prohibido. Ellos envejecieron, él no.
Anochece. El manto azul debilita a los colores recios y encendidos, y palidece cada rayo de la tarde. Es el último suspiro del sol, el toque final de la obra del tiempo.
—Así actúa —se dice Ambrosio solo en el cementerio—, esculpe sin prisa, extenúa y exalta. Para él, se conduce con cautela, derriba lo aparente y descubre lo más íntimo.
En la expresión de los viejos se develaba un cándido sí para cada misterio. Próximos al fin se debieron a su agridulce espera y ocasión así fue digna de observarse. Ambrosio los vio morir con armonía, secos y áureos. No había mayor maestría: con el tiempo de octubre se descifra el alma. Intrigado pedía que le confesara más secretos, mas no hubo respuesta. La muerte lo dejó solo y él los enterró.
Ambrosio voltea hacía las lápidas y adula al tiempo esperando su llegada. Le dice que es virtuoso, pero no lo convence. Le ruega que lo escuche, pero se le niega. Decide gritarle con la vista al cielo; insulta a sus eras y maldice a sus horas, pero sólo levanta los susurros del grillo. Saca el reloj de bolsillo y lo pisa. Si el tiempo no existe en él, en nada lo hará. Entre trozos de máquina, resortes tiesos y engranajes sueltos, la aguja apunta al ocho, al infinito, como si rebelde le recordara: “La eternidad también es mía”. Él la aplasta. Jura que lo olvidará y que volverá a casa, al lugar que las estaciones rehúyen visitar, el lugar donde no existe el tiempo.
*Del latín inmortal, de naturaleza divina

AMBROSIO*

II

El sol es una luz quieta y vigilante, un botón bien puesto que le entibia el cabello a Ambrosio. Ha vuelto a su hogar, el lugar donde no existe el tiempo. Antes de entrar, decide mostrar respeto y se quita los zapatos. Por la avenida el pasto seco le pica los pies. Sus pasos suenan a cristal triturado, a trueno en un paisaje que duerme. El viento deja un breve silbido en su oído y acuesta el polvo en sus labios; flores holgazanas jamás abren, ni el agua de río corre; el sarro descansa en muros de hierro, y un manto árido se queda en el cielo. Ahí las horas no transcurren y días y meses no suceden. Todo se pierde en un bostezo profundo, excepto por los elogios al tiempo.
Relojes derretidos cuelgan de los techos, cronómetros elevados como globos, quebradas saetillas adornando los peinados, clepsidras secas en cada jardín y un cucú silenciado se adora en la plaza. En el teatro, Cronos tragándose a sus hijos; en el templo, los ungidos oscilan al ritmo de un péndulo invisible. Señoras bautizadas Perpetua y señores de nombre Temprano andan hacia atrás y en puntillas para no despertar a los años.
La biblioteca guarda largos pergaminos dedicados al tiempo. Ahí se explica que nombres darle, cuánto admirarlo y cómo oírle. Con especial recelo se protege el rollo más extenso. Ahí se detalla el uso de relojes gigantes para morir: de arena, si se desea la sepultura; de flora, si se busca el abrigo de los pétalos; de agujas, si se eligen los cortes profundos; de agua, si el chorro ha de ahogar; de campana, si se prefiere un furioso concierto. Aprendido el poder del tiempo que crea y fulmina, los habitantes son devotos a algo que jamás han visto.
Para Ambrosio todo es muy falso. Dispuesto a venerar a un tiempo auténtico, abandonó su hogar y ahora su soledad lo trajo de vuelta. Recorre la avenida hasta la plaza y se para bajo el cucú silenciado (el gran nido vacío, como si el ave mecánica hubiera volado). Frente a esa demostración de total fe se conmueve.
—Hay sucesión y movimiento— expresa. Aunque quieto, el tiempo es una promesa de acción, un juramento.
Lo piensa y le es inevitable oírlo. Se repite. El tictac, ese verbo, corea dentro de él. Ambrosio se entusiasma, adelanta el pie derecho que suena al tic, reúne al izquierdo y siente el tac. Da un paso más y lo escucha otra vez. Él trepida. ¿Es que tiene el acento del tiempo? Pronto lo alcanza la curiosidad y es sitiado por mujeres y hombres abetunados y pequeños; de esfumado gesto; lisos, sin cuestas ni lunares; de pelillo; de un vistazo, desmayados. Tan similares. A ellos también los sorteó el tiempo; los esquivó la infancia y la vejez. Fascinados oyen lo que él y salen del hogar, del teatro o del templo para seguirlo. Al principio lo rodean con recelo y la distancia bien medida, después con ligereza, atraídos.
Ambrosio intenta escapar. Camina hacia delante y atrás, pero cada cambio es otro tictac. El pie derecho temeroso retrocede, el tic impertinente. El pie izquierdo impulsivo se adelanta, el tac irrefutable. Ese recital los hechiza y ellos se aproximan ansiosos y fanáticos; están fuera de sí. Muy cerca al que se deben, reclaman sentirlo. Él aún lo escucha y sólo pide que se calle; es el trueno en un paisaje que duerme.
Quiere correr, pero avanza y lo interrumpen. Otro tictac y un tictac más. El sonido más frecuente, ellos tan próximos. Se reduce el espacio y él duda: “¿Acaso el rumor no procede de su corazón?” Él quiere acallar su ánimo, pero como un grito, el tiempo los urge a seguirlo y los infecta con su prisa. Tic, Ambrosio es asediado. Tac, lo asaltan.
Él los ve sobre sí. Los habitantes caen con violencia; no hay sigilo ni bondad. El tiempo los abre y devela, su acto en un instante: los envejece, secos y áureos, hasta que mueren. Parecen obedecer la sucesión y el movimiento. El tictac les talla sus pérdidas: la piel aérea, la mirada deslucida y el pelo, el mechón que se lleva la ventisca. Todos esos cambios tan de pronto, pero no para Ambrosio. Él no goza de esa fortuna. Otra vez la muerte lo deja solo. Desalentado se los quita de encima; a ellos, sin vida y marchitos, como quien se sacude un montón de hojas secas. Se incorpora y obligado a soportar la pesada ausencia del tiempo, se va. El día fenece. El sol se suelta y por primera vez anochece.
*Del latín inmortal, de naturaleza divina

FLAGELOS

MODELO XÑ- XY
Escuchando Suite espiral galáctica, (versión psicodélica) de Jorge Martínez

En el futuro convivirán el robot y el hombre
I. Para procrear robots habrá que suspender al hombre y a la máquina en líquido. Recrear la quietud, las sonoras olas y la cálida luz rosada de la matriz. Que se asimile a un sutil cobijo. De frente y alejados. XÑ –el prototipo femenino– examinará su porte y XY –el varón– observará su silueta. Percibirse bajo las sombras, el objetivo.
II. Transcurren dos días. Es suficiente. Se reconocen en la noche y han alentado su curiosidad. Vendrá el encuentro, pero deberán vacilar. Mantenerse al acecho y guardar su distancia. Girarán. XY se acercará hasta invadirla. Que ella huela su soplo y él se bañe con su aroma, el objetivo.
III. Se tocarán las manos. Ella, discreta, retirará la suya y él jugará a encontrarla. Ella sentirá vergüenza. Él, deseo. Entonces tocará su brazo y saldrá un meñique de latón. Ella se dejará seducir, mientras él con la punta de su dedo corazón le hará el amor. Al inicio dócil, después enlazando la piel y el acero. Se aprisionarán y librarán para volverse a encontrar. Recíprocos, unirán los dedos. Que se “sepan al dedillo”, el objetivo.
IV. Vendrá el silencio. La máquina descansará la cabeza en las piernas del hombre. El arrullo, el objetivo.
V. Su boca fría rozará la de él, y le quitará el cabello de la cara. Los labios se entibiarán con el beso. XÑ y XY liarán las piernas y empezarán a flotar; enredados fluirán con la oleada. Ella abrirá su cadera para recibirlo y se concebirá al primogénito. El gameto viajará por el cascarón de hierro para llegar a una célula dorada. Se moverá incitado por su centelleo y perforará el óvulo. De ese abdomen saldrá un borbollón de luz. Ella radiante seguirá nadando y permanecerá unida a él, mientras en el útero se moldeará el embrión. Se repetirá la célula y como una pelota, el feto dará círculos en su vientre. Engendrar, el objetivo.
VI. Bailarán atados a la cintura. XÑ quedará preñada, pero su luz será extinguida. Se concebirán más primogénitos: mil gametos andarán el trayecto y destruirán al óvulo. Su útero será asaltado y cavarán aquí o allá; lo romperán moviendo sus colas. La máquina será rasgada y saldrán los mil embriones. Al fondo del océano ella será metal de desecho y él habrá cumplido su misión. El líquido criará nuevos robots. Habrá que recrear la quietud, las sonoras olas y la cálida luz rosada de la matriz; que se asimile a un sutil cobijo. Colonizar, el objetivo.

LA OTRA

De las flores marchitas se había borrado todo indicio de vida. De hojas y pétalos, sólo trozos, y el abundante ramillete reducido a nada, convertido en algo más. Su olor dejaba un triste rastro y a la vista era un símbolo de dolor. Estaba apagado y habría que encenderlo. Él vertió las gotas de un vaso en el jarrón, como disculpándose por su abandono. Pensó que no hay cambio más profundo que la muerte. No podría repararlas.
Desde el día que cerró tras de sí la puerta, todo transitó hacia el fin. Era culpable. Él, el desequilibrio, trastornó todo con su partida. Reconocía cada resquicio, vapor y crujido de la casa, pero eran vagos trazos de lo que fue. Su abandono debió herir cada rincón. Él, un intruso en un hogar lastimado y hostil. Para ya no infringir más daño, fingía reconocer cada pieza y artefacto. Ahí, la alfombra que creía haber recorrido y en los retratos, instantes que pretendía vividos, los zapatos que suponía calzados y la mujer que lo afectaba.
No era ella. La recordaba tomando aquel ramo al pie de las escaleras, perlada, toda de blanco; tenía un aire de esperanza. Su llanto caía en la nieve y se aferraba al delantal. Sentía que se caía. Mecía la mano y salpicaba harina y azúcar. Ese adiós a él le supo tan dulce. Él desapareció y ella sólo dijo: “Nada será igual”. A su regreso era otra quien lo recibía. Él se acercó incrédulo a la puerta. No tenía la misma silueta a contraluz. Pensó que acaso el tiempo sí actúa de manera caprichosa y ella habría sufrido ligeros cambios, sutilezas de desvelos e infortunios, nada indeleble o irremediable. Pronto se dio cuenta de su error. Le preguntó por su esposa y la otra le respondió: “Tonto, si soy yo”. Compartían el mínimo nombre y el instintivo guiño del ojo derecho, pero eran distintas.
¿Cómo reprocharle que ya no fuera fiel a su vieja figura, si él se marchó y tampoco era igual? De aquel viaje terrible trajo una risita afligida y los reveses vividos bastaron para ennegrecer su mirada. Estaba sofocado, así como la otra. La veía impredecible y dispareja. Culpó a su travesía. Quizás el dolor de su huida le perturbó el rostro y el cuerpo. Tal vez ese pesar la borró, tal vez él purgaba condena. Haberle hecho vivir ese viaje penoso; no merecía el perdón. Fueron inseparables, casi miméticos; semejantes y hermosos. Él, el deformador, moldeó una mujer distinta. La convirtió en la otra.
Para corregir su error dejó el florero y volvió a la cama. Le devolvería a la otra las líneas que conocía. Así que la estiró y apretó; la alentó y venció. No surtió efecto. Seguía siendo la otra. Agotado se hundió en el colchón y la vio con fastidio. Era un remedo, una mala copia. Era frágil, casi quebrada. La boca pequeña, no esos labios vastos y suficientes; el cuello de goma, jamás la firme columna de mármol; el aliento pausado, no furioso, y al cabello dorado lo pintó una brocha negra. Afligido por la culpa fue al espejo. En aquella oscuridad quería encontrarse distinto. Ser una pareja para la otra. Sólo así remediaría su falta. Se quedó frente al vidrio y encendió la vela, su luz podría descubrir las diferencias.
Quitó el vaho de su respiración cada vez más agitada.
Tras el cristal el ramo había florecido, glorioso arrojaba destellos. Ahí cada artefacto conocido: el piso que sí caminó, las imágenes que sí recordaba, las botas que sí usó y la mujer perlada que lo conmovía, la del estrépito, de bata vaporosa y piel rolliza. Él golpeó el vidrio. Debía sacarla o entrar.
La vio despertar e ir hacia él. La llamó, pero ella no le contestó; se peinaba. Del lecho reflejado emergió otro hombre desnudo, escuálido y de bigote oscuro. El otro, un remedo, una mala copia de él, se acercó a ella para besarle el cuello. Él quedó atónito y un río amargo le recorrió la garganta. Ella había huido de él, se refugió en el espejo, en el otro. Ella repitió: “Nada será igual” y sonrió.

EL ALFILER

Virtuosa su casta: el elegante espadín, la fiera daga, el candoroso palillo, la artística pluma fuente. De su abuelo, el florete, heredó lo fino, lo aguzado y lo peligroso. Tanta gallardía ha desaparecido con su crimen. El alfiler será degradado porque ha dejado caer la vergüenza sobre su linaje. No imaginó lo que vendría. Se convirtió en delincuente y regresará al agujetero para ser repudiado. Tan trágico evento lo ha enmudecido y sigue apresando el calado. La víctima también ha sido silenciada. El alfiler, bocabajo, tendido y tembloroso, se pregunta en qué se habrá equivocado.
Cuando lo eligieron se sintió exaltado. Anhelaba serle útil a la creación, que lo hundieran al encaje violáceo para hacer exquisita la camiseta. Por fin sería un cincel sobre la roca y labraría su obra en la tela. Probaría la gloria del sable que arrincona a su oponente. Minúsculo e insignificante, al fin se llamaría artista. Tan frustrante fue vivir entre alfileres. Ser otro entre la multitud y repetirse sin ningún distintivo; una pieza más en una cama de clavos. Se veía en un jardín de flores metálicas, perdido, casi invisible, sin aroma ni pétalos que hablaran por él. Quería ser único, un artífice célebre.
Quieto y de pie esperó a que los dedos lo elevaran para clavarlo como un estoque. Herido el tejido, el alfiler no se movió y cumplió su tarea: sostener el listón sobre el torso de un maniquí. Se mantuvo firme; se debía a la confección, al arte de los hilos. Atravesó el pequeño ojo de la trama donde hojas bordadas flotaban. La cinta morada, sólo prendida por el clavillo, desfallecía sobre la camiseta. Un punto de luz destelló desde la prenda. El alfiler brilló lujoso; era un diamante.
Colocado ahí, pensó en qué afortunado testigo quien está cercano al arte. Recordó a los otros alfileres. Los imaginó celosos, mirándolo con desprecio, como si el filo de mil agujas lo atacara. Los creyó en un error. “La virtud —se dijo— debe compartirse”. Y prometió que ésta, su máxima obra, estaría dedicada a cada vecino alfiler.
Él dejaría su marca. No bastaría firmar con la etérea lesión sobre la tela. Habría que dejarse ir y hacer lo que el numen dictaba. Grabaría una poesía sobre el alma. Así que se deslizó por el frágil hiladillo y atravesó las hebras. Siguió perforando hasta que llegó a la piel del maniquí. Alcanzó el arco del pecho y su corazón. El pinchazo dolió y talló un punto en la figura. Las manos que lo habían preferido lo retiraron despreciando tan horrible suceso. Tiraron el listón. El alfiler cayó derrotado.
Imagen de Marco A. Calderón (http://hologramaseis.blogspot.com

viernes, septiembre 19, 2008

LA BARBUDA

Qué vista aquella, la de la mujer que se deja la barba negra, rizada y fina. Sus labios durazno se ocultan bajo ese espeso bigote que se convierte en cascada. Al inicio, halagando a las mejillas, luego cayendo arrebatada y ávida por alcanzarle el escote. El pincel casi aéreo, casi grácil, le dejó destellos. Tenue rubor se asoma en las mejillas de Magdalena. De su túnica surge el seno que nutre a un bebé. Celoso el marido se relega entre las sombras: oscuro, sucio y resignado, detrás del cuadro inmaculado de la madre y su hijo. Servil a su fatídico hado ‒rozar las barbas con cada beso‒, se esconde agraviado. Mira al retratista con miedo. El pintor es el monstruo.
En la galería de rarezas, de enanos y ogros que cuelgan en el salón del aristócrata, la mujer virilizada es la sutileza encendida. Debajo del pelo áspero, en lo más íntimo, la barbuda es delicada, compasiva y sensual: un trazo femenino de manos tiernas y pies pequeños. Lleva delicado gorro y los vuelos del vestido le dibujan un pedestal. Ataviada en dorado infunde asombro y gracia. Hechiza y su barba está embrujada. Quiere crecer y se enrosca a Magdalena en ese deseo de alcanzar el suelo.
Ella viste el pelo con orgullo y lujo. Se vanagloria y lo presume. Es un pecado que no expía. Festeja sus culpas y se las entrega al niño que rehúsa beberlas. Confía que él también las celebre. No lo juzga. Que él la encuentre. Devota lo sostiene sin subyugarlo. Ya nacerá natural el apego. Por lo pronto el seno erizado espera a ese niño que no se convence y se le deja ver suculento.
Sin que consorte o vástago la adoren, Magdalena erótica le entrega su recia y frágil figura al retratista. La mujer hombre habita su cuerpo y es el mito del amante con dos cabezas, el andrógino que no se separa, la figura de los sexos apresándose. Casi en secreto Magdalena le exhibe el pezón al pintor y juega a serle femenina. Ella sí le es estética. Se confabulan y el marido está ausente. Sigue horrorizado porque está expuesto, el bebé declinando su licor y Magdalena seduciendo al artista con sus anomalías.
Afuera ella será caballero y señora. Adentro, el horror agraciado, la más bella mujer hirsuta, la que alaba cada pelo de esa barba negra, rizada y fina. La que abre leve sus labios y deja salir un hálito de fruta que huye hasta la mirada del pintor. Es como es, siempre Magdalena. En ella venció la mujer; rendido el hombre que la dibuja y el que lleva dentro.
Después de todo, no puede ser tan malo dejar salir este vello a la mitad de mi mentón.

martes, abril 15, 2008

EL SOÑADOR

Soltó el papalote que lo llevó hasta ahí. Su gaviota de papel merecía volar y cortar las nubes. Él se despidió de sus detalles tribales y su silueta amarilla desde la azotea. Tiró la red y el instructivo para atrapar sueños. Si los asaltó a la vieja usanza, esta vez lo haría a su modo. El método –aunque presumía ser efectivo para los insomnes– a él sólo le fue útil para coleccionar objetos volátiles, palabras anémicas, emociones exiguas.
Nada servía para ahuyentar su pesadilla, para lapidar a esos conejitos verdes que habría de comerse en la noche; ingerir a la madre que deja una diminuta bola de pelo indefensa y trémula sobre el piso; ver que el recién nacido levanta las orejas, arquea el lomo y otra vez pare a la madre, así sin mesura, mientras él seguiría engullendo hasta el hartazgo. Cuando ya no podía tragar más, la masa de conejitos saltaba sobre él y era sofocado, enterrado entre patas, orejas y rabos.
Antes que volver a oírlos, olerlos, morderlos, él prefería la vigilia, porque si cerraba los ojos, por breve el momento –y les suplicaba “no más”–, brincaban madres e hijos conejo dentro de su cabeza para que él se sacudiera. Rebotaban y roían, roían y rebotaban. Lo martirizaban con sus piruetas. Le daban una jaqueca, lo dejaban fatigado. Él bostezaba ávido por una siesta, cabeceaba y oscilaba en la oscuridad. No sabía de sí. Sentía que los conejos lo acompañaban de día, que lo perseguían porque escondía una zanahoria. Él les repetía que no la tenía. Los pisaba, se lo merecían, y creía que era suficiente lección, mas levantaba la bota y se daba cuenta que se fingían desmayados.
Pensó encontrar una solución cuando apareció un sastre que adivinó su pesar: —Lo tuyo es un mal sueño— le dijo y le tomó las medidas—. Yo sé bien de qué se trata. Si es que hay una ilusión para ti yo te enseñó a coserla. Le entregó una red, un manual, tijeras, hilo y aguja para recoger retazos de sueños y zurcirse uno: una fantasía escarlata, violenta e intensa que incitará a los conejos a la extinción. Podía imaginar a las madres rasguñando a los hijos, a los hijos clavando sus dientes en las madres, hermanos degollándose entre sí, anhelando imitar ese tono carmesí, destruyéndose.
Seducido con la idea, coleccionó muchos trozos, pero la confección no fue afortunada. Únicamente atrapó presas etéreas. Por eso su quimera fue de cristal, frágil y débil, hecha con objetos volátiles, palabras anémicas, emociones exiguas: un mono traslúcido que tocaba un tambor de agua. Interpretó su pieza e hizo danzar a los conejitos. No hubo pues exterminio.
Prefirió seguir su plan. Tras mucho divagar concluyó que la caña sería mejor utensilio para capturar objetos, palabras y emociones reales. Se sentó en la orilla de una azotea, dejó ir su cometa y echó los inútiles instrumentos para tejer sueños. Lo haría según sus reglas. Para su fantasía rubí lanzó la vara hacia el oeste. La atoró en la cabeza de un hombre que corría, le dio vuelta al carrete. Tenía a su primera presa. La abrió y sacó un sueño: unos guantes de boxeo. Los adoptó y rabiosos dispararon sus golpes. No les dio oportunidad de duplicarse. Murieron las mil madres. Después arrojó la caña al este y enganchó frases de dolor que venían de la oreja de una anciana. Las palabras volaron y desalentaron a los mil restantes (los más jóvenes, los huérfanos). Ellos dejaron de saltar y lloraron hasta diluirse. Sólo quedó uno.
Él bajó la mirada hacia el sur para hallar su próximo botín: una mujer de vestido púrpura que parecía flotar. Lo embelesó y entusiasmado sintió recorrer un chorro de calor. La quería tener; ella era su efecto.
—¿Viviré ahí?— se preguntó y la apresó. Él cerró los ojos y soñó con ella: que le olía el cabello y le pintaba las uñas, que se reían juntos y ella le preparaba un té de canela, que le regalaba una cobija y él, una flor para su escritorio.
El último conejito verde, el más pequeño, rebotó, royó y lo persiguió por el sueño. Quería una zanahoria y llamar su atención, pero no las obtuvo; la mente del soñador ya estaba ocupada. De tristeza se arrojó al mar. Se dejó ahogar.
Al despertar él le abrió el pecho. Se volvió a preguntar si viviría ahí, en su alma. Hizo el corte y no dejó de verla. Absorto no se dio cuenta que de los pliegues de su piel, con su último latido salía un conejito rojo que brincó hasta sus ojos, levantó las orejas, arqueó el lomo y parió a la madre.
Homenaje involuntario a Cortázar

miércoles, enero 16, 2008

FLAGELOS

Modelo: El Cenicero
…polvo serán, más polvo enamorado (Miguel Ángel de Quevedo)
Apagó el cigarro en el hueco donde había un corazón, prendió uno nuevo y una sola fumada mitigó su ansiedad. A él lo encerró en el ropero y le dejó la colilla casi entera consumiéndose; se había convertido en su cenicero y no se quejaba, aunque el humo le picara la nariz y las cenizas lo escaldaran.
Él se habituó al dolor desde que ella le perforó el pecho para dejar caer sobre sus latidos los restos del primer cigarrillo. Poco a poco su corazón se quemó y se hizo polvo, voló de súbito y él se acostumbró a lo fugaz, a la breve vida de un cigarro, al esquivo olor a tabaco y frutas y a su huidizo deseo, porque él fue tanto letargo, tanta afonía, que ella eligió castigarlo.
Su revancha, preferir a la nicotina. Quería que él no sólo notara a ese alguien más en su vida, sino que lo sintiera muy cerca. Más que espectador, un cómplice de su nuevo idilio. Hacerle saber que no era el único y su malestar debía ser hondo y muy real, una llaga.
Él no puso resistencia y ella fingía todo un rito para encelarlo. Se despertaba desnuda en medio de la noche. Con una vela encendía un cigarro mentolado y bebía un sorbo de whiskey. A él lo sacaba del armario y fumaba muy lento, inhalaba pausada. Abstraída en el sabor de la menta le bailaba cubierta por la niebla, le soplaba cerca del cuello, sofocaba el cigarrillo y regresaba por otro. Repetía su acto hasta el amanecer, venía e iba y lo atraía con su oleaje.
Ahora ya ni su atención merecía. No era más que un utensilio. Sólo tenía trazos de su boca en las colillas salpicadas de labial. Siempre envuelto en polvo, ya no importaba y no debía quejarse. Era un recuerdo olvidado, de los que no hablan.
Ni el rastro carmesí –la lumbre cayendo, pisándolo, quemándolo– lo hacía más atractivo. Él se barría el polvo acumulado y le manchaba la nariz, pero ella se pasaba el dedo y deshacía la caricia; él hacía rodar chispas hasta su zapatilla, pero ella las pisaba y lapidaba el halago; él se espolvoreaba de hollín y parecía un bufón cenizo, pero ella no se reía. Él no tenía éxito. Seguía siendo invisible el cenicero, mientras ella se perdía.
Ya no olía a durazno, su cabello se convirtió en cordones aéreos y su tez era de tizne. Vocales de su nombre flotaban con el humo y él se afanaba en atraparlas para formarse nuevas palabras, unas para la ilusión, otras para el desengaño, mientras en vano pretendía tocar el trazo de su cuerpo, esas orlas difuminadas que apenas palpadas se desvanecían.
Quería rescatarla de aquella nube, liberarla de su vicio, ser el suyo, pero su frío siempre la ahuyentó y su aliento estaba extinto. ¿Qué podría hacer ese indolente si nunca hubo suspiro que lo quemara o rayo que lo iluminara? No reía, no lloraba, estaba hecho de silencio y oscuridad y ella lo llamó caja de susurros, porque si la tocaba era como un soplo que crispa la piel, sin secuela y sin rastro. Ser rasgada. Pedía que la rasgara y sólo obtenía su afonía. Por eso se buscó alguien afanoso, con el ímpetu suficiente para dañarla y legarle una secuela irreversible: la devastación.
Así vivía arruinada. La tez, jirones, la voz, corroída, el color, apagado. Presumía costras en la lengua y dedos desprendidos. Con lamer el cigarro, la lumbre desandaba para quedarse en sus labios y podía mojarlo hasta descolorarlo o abrirlo, soplar el tabaco y atraparlo en el aire con la boca, según el ánimo de destruirse un tanto más, un tanto menos.
Él tendría que herirla. Ser el escultor que graba rasguños sobre la piedra. Decidió que por ella sería el desastre. Le entregó la cajetilla y ella se fumó un único cigarro. Él dejó que le tirara la última chispa en el hueco donde había un corazón. La tomó con el dedo y se encendió las manos. La volvió a tocar. Era la hoguera, ya no el cenicero. La moldeó con el fuego e iluminó su silueta desvanecida. La incendió y se incendió. Entre las flamas y el calor, lo vio otra vez, abstraída en el color enardecido y en ese oleaje que centelleaba y seducía.
Con el polvo, el que quedó de los dos, y la ceniza del último cigarro, el viento hizo un torbellino que movió mis cortinas.
Ilustración de Gerardo Ortíz.
Sólo el grafito puede iluminar la ceniza, gracias Gerarth

viernes, septiembre 07, 2007

FLAGELOS

Modelo:
Cuervos de Gala
Encierran a los pájaros por temor a ver cumplido aquel adagio que dice: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Las aves seducidas por el murmullo del grillo son confinadas en cajas a la orilla del mar. Serán sepultadas por las olas mientras sueñan. Por cortesía, será una muerte serena. Tanto más puede la gentileza que el repudio para esas aves que alguna vez fueron útiles ornatos de toque exquisito, toda distinción.
En esas plumas hubo garbo y alcurnia y sólo con traje tan delicado los insignes pudieron adornarse. Por eso los nobles dejaron que los cuervos les hundieran las uñas sobre abrigos y sombreros. Se veían tan elegantes que nada había en común con el modo del vulgo que, a falta de mejor gusto, prefería los gusanos para engalanarse. Por esa razón bastaba para no ser invitado a las fiestas de jardín y a esos exhaustivos duelos: quien ostentara el ave más grande era enaltecido con una efigie de bronce, inmortalizado en un gesto pedante mientras lucía un colosal cuervo.
Tratando de ganarse la simpatía de los nobles, los sirvientes henchidos de orugas imitaron su tono despectivo y su jactancioso caminar, mas sólo se ganaron su desdén. Perseguidos por la plebe, los insignes se supieron frente a la muerte, compartiendo su vida con esos nidos de larvas, con su piel ajada y perfil decrépito, con esos hombres-ruina que trajeron la fatalidad. Se les culpó de incitar a los cuervos para que regresaran a un viejo hábito: el picoteo, el insistente acribillo sobre las pelucas y los chaqués.
Tan vanidosos, los nobles soportaron la calamidad para conservar su elegancia. Desgarrados y magullados intentaron guardar el porte y se fingieron complacidos, pero los pájaros perforaron hasta ese lugar inhóspito y sombrío, el de sus sueños. Paseaban con la cabeza abierta y los sirvientes admiraron cómo las aves rapaces se engolosinaron con esas pesadillas donde a las damas se les caía la boca y a los caballeros, la piel. Una que otra vez, los cuervos alcanzaban un déjà vu. Para quienes llevaron el ave al hombro, el suplicio no era menor. Los pájaros develaron el corazón y su fragilidad fue evidente.
Cansados de ser expuestos, los insignes condenaron a los criados al exilio. Sin alguien que los animara, los cuervos volverían al esplendor y la gala, pero muy pronto se dieron cuenta de su error. No fueron los sirvientes los autores de esas atrocidades. Fue por cuenta de las aves el lacerar y el pinchar. Su tarea final, picarles los ojos hasta apagar su fulgor, su único destello de vida.
Las cajas flotan y los pájaros se van con el vaivén de la marea. Los nobles mutilados y descompuestos regresan a su panteón. Esta vez ya no niegan su muerte. Se aceptan como cadáveres en todo su hedor y miseria, mientras de sus súbditos, esos hombres-ruina han nacido un sinfín de mariposas.

viernes, julio 20, 2007

FLAGELOS

En extensos pergaminos se detalla la anatomía de objetos de uso común que fueron adaptados para flagelarse. De esos manuscritos reunidos en un tomo ambarino sólo quedan restos ilegibles, otros tantos trozos quemados y una media plana donde se puede leer:

Modelo: Ataúdes que ven

Se sugiere que los ojos de los féretros provengan de orquídeas que miran, tocan y olfatean. Si se les quiere cultivar, se enterrará un ojo izquierdo, un pulgar y una punta de nariz en una maceta. A la flor se alimentará con una cucharadita de sal por la mañana y otra por la noche. Hay que permitirle pasar unas horas frente a su autorretrato. Deberá estimularse su ego. Después se habrá de calcinar y en cuanto emita un aullido lastimoso, se le caerá el ojo que trémulo será arrullado con una canción de cuna. En seguida se colocará en el ataúd y el ojo por sí solo se adherirá a la caja. Habrá que esperar el primer guiño y será consolado el inadvertido: el etéreo e insignificante que anhela ser visto y está harto del menosprecio.

El procedimiento es simple, basta mirarle. Al principio, a la caja le será difícil habituarse a la luz. Por eso convendrá comenzar en espacios de aire lóbrego. La humedad y las lombrices también son propicias. El sótano de un edificio, un cuarto abandonado e incluso el armario pueden ser lugares muy útiles para una primera vez. Con el tiempo el féretro desarrollará su habilidad en cualquier sitio, por iluminado que sea, e incluso a plena luz del día.

Tendrá sus ventajas tratarlo con cortesía, se recomienda alentarlo con palabras dulces y caricias antes de que abra el ojo. No menos importante es la prudencia de evitar los espejos, dejar un ataúd frente a sí mismo puede multiplicar la pesadilla y provocar un estado permanente de congoja. No es necesario abusar de su uso.

Sin más, sólo hay un modo de empleo: Siéntese frente a él y fijamente véalo al ojo, estoico y en silencio. No se distraiga. Guárdese las palabras, sobran. Es momento para que el ojo hable. ¿Qué le dice del ataúd? ¿Qué le dice de sí mismo? ¿Está ahí su muerte o su vida? ¿Es todavía ignorado? Note que comienza a ser reconocido, ¿se siente cómodo?

En breve vendrá el vértigo. No es fácil sobrellevar el escrutinio. Ahora se piensa juzgado y eso lo agobia. Es indigno y se arrepiente. No está listo para tanta atención. Todos sus defectos develados. Usted expuesto. Bajo su ojo es minúsculo y susceptible. “Nunca tan desnudo”, se dice y pudoroso retrae las piernas para esconderse.

Suda frío y tiembla, está inquieto e irritable. Intenta evadir la mirada del ataúd, pero está acorralado. Vulnerable, hosco y cobarde, el féretro lo ha descubierto: su hábito es hablar solo, sus ideas están hechas de vacío y soledad, rasca las paredes buscándose un amigo y moldea el silencio a la medida del consuelo, disfruta ser herido y a veces se imagina altivo. Su expresión lo delata.

Si usted fuera una sombra sería más dichoso, preferiría vivir hilvanado a la noche o ser la penumbra que guarda el féretro. Invisible, siempre invisible. Que la afonía fuera su refugio y la oscuridad, su vestido. Tiene mucho en común con el ataúd, hay empatía. Cree que es lástima y el asco y el escalofrío le recorren el cuerpo. Los resultados de ser pensado. Para él ya es un verbo y una forma. El apego tiene secuelas. Eternamente será un nombre que evocar, color, aroma, sonido en su memoria.

Ahora tal vez quiera taparle el ojo, interrumpir el examen, borrarse. Sería inútil, la mirada del féretro está clavada en la suya y poco a poco usurpa sus recuerdos: primero el temor, luego la desolación hasta que se aloja como un ensueño indeleble en su mente. Desde este momento, no habrá para usted más imagen que la del ataúd. Todo sueño o desvelo, toda persona o artilugio llevará su rostro y esa mirada lo observará por siempre. Nadie le quitará el ojo de encima.

HISTRIÓN

Esa cara sin cejas, sin mirada, sin nariz, sin boca sólo era un manchón de piel que se repetía en el espejo. “¿Yo?”, se preguntó el actor y alzó la paleta de colores, tomó el pincel y lo mojó de negro. Se dibujó dos hoyos entre una mejilla y otra. “Aire”, pensó y el soplo que despertó muy pronto se volvió insumiso. El resuello subía y bajaba por los agujeros: entraba y silbaba y silbaba y salía.
“Respiro”, se dijo agitado y volvió a la tarea de pintarse un rostro que esta vez le fuera único. Era preciso trazar los rasgos con arte, bien definidos y elegantes, que su semblante fuera muy diferente al burdo y ridículo de sus personajes. El actor estaba decidido: ni un disfraz más, era definitivo. Su reflejo no lo obedecía, se negaba a esbozarse una nariz y persistía en ese gesto absorto y vago.
Ni a su imagen podía someter, él que había dominado el escenario, que vencía al público con diálogos pronunciados hasta estremecer y movimientos que hechizaban, que siempre fue elogiado por su acto sublime. Tras una carrera de éxitos, el actor se rindió. Todo fue mérito de los héroes y villanos que interpretaba.
Subyugado a sus manías, el figurante podía ir de la alegría a la demencia, de la tristeza a la muerte y del delirio a la fortuna. Si en la obra se requería reír, el histrión se delineaba una sonrisa exagerada, una U fatal que le partía la faz. Si enfurecía, él abría la nariz tan infinita y hondamente que podía aspirar el lejano olor de un jardín de eucaliptos. Si bostezaba, fruncía el ceño y se atestaba de arrugas.
Llevó al límite sus gestos hasta desvanecerlos. Primero se fueron los labios cuando se pasó el algodón que los arrastró al suelo, después las pestañas arrancadas tras un guiño y las pecas caídas que la escoba barrió.
“Yo”, se decía para convencerse, pero fue tantas veces tantos otros que simplemente dejó de ser y en sus facciones se eternizó un perfil tragicómico y grotesco. Esta vez él no daría marcha atrás y se dibujaría una cara indeleble.
Lo último que quedó de sí mismo estaba en un frasco: la postrera lágrima que le derritió el ojo que le quedaba. La gota era del color de la miel, el tono que llevó en la mirada, y el artista intentó probarla. Era inútil, sin boca con que degustarla, le resbaló por la tez y se la pintó de almíbar. Otra vez sintió una urgente necesidad de llorar.
Todo el llanto saldría en torrentes a inundar el camerino y buscaría su rumbo por el entrecejo que se estaba hinchando. Allá en el cristal, su retrato insolente no se movía, seguía empeñado en ser ese trozo de nada y lo veía fijamente atento y cínico.
Un antifaz emplumado de cejas muy alzadas y pico brillante le habló al actor que alguna vez lo llevó puesto para ser un hombre pájaro. Desde el gancho la máscara le insistió: “Vuélveme a usar”. El intérprete se puso la careta y empezó a llorar plumas. Una y otra se rindieron hasta que desplumada esa mueca festiva se volvió taciturna y fúnebre. El antifaz adolorido regresó volando al perchero.
El actor no había llorando lo suficiente, seguía atorado el gimoteo y él apenas podía contenerlo. Decidió trazarse dos óvalos y adornarse las pupilas con botones, se hizo las cejas con las cerdas de un cepillo y tímido fue su parpadeo. Mas las lágrimas no corrieron. El figurante se picó los nuevos ojos, pero ni así fluía el llanto. Recordó lo fácil que llegaba el lamento en las piezas dramáticas, bastaba que una línea conmoviera y él podía ser el hombre más llorón en el teatro.
Ahora el histrión estaba seco. “Ni una lágrima real”, se lamentó y desconsolado se coloreó una gota flemática y deslucida. La tocó y le era repulsiva, tanto como ese reflejo impávido y callado, el hombre atónito sin rasgos. “¿Es qué siempre seré eso?”, se preguntó y quería gritarle su nombre a esa imagen mutilada.
“Mira este soy”, pensó el actor y colérico se hizo un rayón en vez de boca para decirlo con su voz oscurecida y profunda, pero sus labios estaban sellados, no podía abrirlos y la palabra se quedó atrapada. Se acercó al espejo y sobre el lánguido vaho que escapó de esa raya escribió su nombre, incompleto porque sólo “Vla” cupo en ese diminuto renglón de vapor.
Borró las letras y le dio un puñetazo al cristal. “No soy”, se reclamó desde el silencio. El reflejo se rompió mientras el perfil del histrión caía. Rodeado por fragmentos de piel y de expresión partida, ese hombre sin cara era la imagen del vacío, un abismo insondable frente a una audiencia sorprendida que le aplaudía de pie y lo vitoreaba. Éste, sin duda, fue su papel más demandante.