domingo, octubre 04, 2009
FLAGELOS
viernes, julio 10, 2009
FLAGELOS
AMBROSIO*
AMBROSIO*
FLAGELOS
LA OTRA
De las flores marchitas se había borrado todo indicio de vida. De hojas y pétalos, sólo trozos, y el abundante ramillete reducido a nada, convertido en algo más. Su olor dejaba un triste rastro y a la vista era un símbolo de dolor. Estaba apagado y habría que encenderlo. Él vertió las gotas de un vaso en el jarrón, como disculpándose por su abandono. Pensó que no hay cambio más profundo que la muerte. No podría repararlas.
EL ALFILER
viernes, septiembre 19, 2008
LA BARBUDA
Qué vista aquella, la de la mujer que se deja la barba negra, rizada y fina. Sus labios durazno se ocultan bajo ese espeso bigote que se convierte en cascada. Al inicio, halagando a las mejillas, luego cayendo arrebatada y ávida por alcanzarle el escote. El pincel casi aéreo, casi grácil, le dejó destellos. Tenue rubor se asoma en las mejillas de Magdalena. De su túnica surge el seno que nutre a un bebé. Celoso el marido se relega entre las sombras: oscuro, sucio y resignado, detrás del cuadro inmaculado de la madre y su hijo. Servil a su fatídico hado ‒rozar las barbas con cada beso‒, se esconde agraviado. Mira al retratista con miedo. El pintor es el monstruo.
martes, abril 15, 2008
EL SOÑADOR
miércoles, enero 16, 2008
FLAGELOS
viernes, septiembre 07, 2007
FLAGELOS
viernes, julio 20, 2007
FLAGELOS
Se sugiere que los ojos de los féretros provengan de orquídeas que miran, tocan y olfatean. Si se les quiere cultivar, se enterrará un ojo izquierdo, un pulgar y una punta de nariz en una maceta. A la flor se alimentará con una cucharadita de sal por la mañana y otra por la noche. Hay que permitirle pasar unas horas frente a su autorretrato. Deberá estimularse su ego. Después se habrá de calcinar y en cuanto emita un aullido lastimoso, se le caerá el ojo que trémulo será arrullado con una canción de cuna. En seguida se colocará en el ataúd y el ojo por sí solo se adherirá a la caja. Habrá que esperar el primer guiño y será consolado el inadvertido: el etéreo e insignificante que anhela ser visto y está harto del menosprecio.
El procedimiento es simple, basta mirarle. Al principio, a la caja le será difícil habituarse a la luz. Por eso convendrá comenzar en espacios de aire lóbrego. La humedad y las lombrices también son propicias. El sótano de un edificio, un cuarto abandonado e incluso el armario pueden ser lugares muy útiles para una primera vez. Con el tiempo el féretro desarrollará su habilidad en cualquier sitio, por iluminado que sea, e incluso a plena luz del día.
Tendrá sus ventajas tratarlo con cortesía, se recomienda alentarlo con palabras dulces y caricias antes de que abra el ojo. No menos importante es la prudencia de evitar los espejos, dejar un ataúd frente a sí mismo puede multiplicar la pesadilla y provocar un estado permanente de congoja. No es necesario abusar de su uso.
Sin más, sólo hay un modo de empleo: Siéntese frente a él y fijamente véalo al ojo, estoico y en silencio. No se distraiga. Guárdese las palabras, sobran. Es momento para que el ojo hable. ¿Qué le dice del ataúd? ¿Qué le dice de sí mismo? ¿Está ahí su muerte o su vida? ¿Es todavía ignorado? Note que comienza a ser reconocido, ¿se siente cómodo?
En breve vendrá el vértigo. No es fácil sobrellevar el escrutinio. Ahora se piensa juzgado y eso lo agobia. Es indigno y se arrepiente. No está listo para tanta atención. Todos sus defectos develados. Usted expuesto. Bajo su ojo es minúsculo y susceptible. “Nunca tan desnudo”, se dice y pudoroso retrae las piernas para esconderse.
Suda frío y tiembla, está inquieto e irritable. Intenta evadir la mirada del ataúd, pero está acorralado. Vulnerable, hosco y cobarde, el féretro lo ha descubierto: su hábito es hablar solo, sus ideas están hechas de vacío y soledad, rasca las paredes buscándose un amigo y moldea el silencio a la medida del consuelo, disfruta ser herido y a veces se imagina altivo. Su expresión lo delata.
Si usted fuera una sombra sería más dichoso, preferiría vivir hilvanado a la noche o ser la penumbra que guarda el féretro. Invisible, siempre invisible. Que la afonía fuera su refugio y la oscuridad, su vestido. Tiene mucho en común con el ataúd, hay empatía. Cree que es lástima y el asco y el escalofrío le recorren el cuerpo. Los resultados de ser pensado. Para él ya es un verbo y una forma. El apego tiene secuelas. Eternamente será un nombre que evocar, color, aroma, sonido en su memoria.
Ahora tal vez quiera taparle el ojo, interrumpir el examen, borrarse. Sería inútil, la mirada del féretro está clavada en la suya y poco a poco usurpa sus recuerdos: primero el temor, luego la desolación hasta que se aloja como un ensueño indeleble en su mente. Desde este momento, no habrá para usted más imagen que la del ataúd. Todo sueño o desvelo, toda persona o artilugio llevará su rostro y esa mirada lo observará por siempre. Nadie le quitará el ojo de encima.
HISTRIÓN


